martes, marzo 28, 2006

Amor

Ella se estaba bañando en el río. Era un río que pasaba cerca de su aldea, como a unos tres kilómetros de distancia, al que ya de pequeña solía ir a jugar con sus amigas. Sin embargo, esta vez era distinto. Esta vez estaba sola, y no porque sus amigas no quisieran acompañarla. No. Deseaba, necesitaba un momento de soledad.

El paraje era realmente hermoso, y en un día soleado de final de primavera como aquél, el sol acariciaba suavemente su piel apenas cubierta por una túnica de lino blanco. Sin poder resistir el embrujo de aquél momento, dejó que la ropa se deslizara por sus hombros, disfrutando de la agradable caricia que produjo al rozar con sus brazos, su espalda, sus piernas...

Con un pequeño paso se introdujo en el río, aquél río de aguas tranquilas y frescas que le produjo un estremecimiento que recorrió toda su espina dorsal. Agachańdose ligeramente, dejó que el agua cubriera hasta su cuello, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos gozando de las sensaciones que inundaban sus sentidos.

Cuando los abrió, no sabía exactamente cuánto tiempo había pasado. Pero allí estaba él. Ella jamás le había visto, y tampoco sabía cuánto tiempo llevaba observándola. Obviamente, no era de la aldea, ya que en ese caso lo conocería. De hecho, sus rasgos no eran parecidos a los de nadie que ella hubiera visto hasta entonces.

Pasado el primer momento de estupor, el pudor se apoderó de ella. Aquél hombre tendría que verla salir desnuda del río, contemplaría aquello que ella guardaba más celosamente para el hombre que ganara su verdadero amor. Intentó decirle que se alejara, ya que debía salir y ponerse de nuevo su ropa, pero el hombre no hizo ningún gesto que demostrara que la había entendido, y se limitó a quedarse allí, mirándola fijamente.

Al cabo de intentar que le hiciera caso durante varios minutos, desisitió de su empeño y se resignó a que aquel desconocido la viera desnuda. A fin de cuentas, pensó, no era de la aldea y probablemente tampoco lo fuera de ninguna cercana y, de alguna forma, la tranquila y segura mirada del hombre hacía que, por extraño que parezca, la idea poco a poco no le resultara desagradable.

Cuando salió, se sorprendió ella misma de descubrir que en vez de avanzar con la mirada agachada, avergonzada por ser vista de semejante manera, caminaba erguida mirando ella también al extraño desconocido, como intentando averiguar qué oculto destino le había llevado hasta allí en aquel preciso momento.

Al llegar donde había dejado su ropa, descubrió que no estaba donde debería. Asustada, miró rápidamente a su alrededor para descubrir que, apenas un par de metros más allá, el hombre la esperaba con ella en la mano, en una posición inequívoca en la que se ofrecía a colocársela él mismo.

Sin dudarlo, se acercó a donde estaba él, y dándose la vuelta correspondió a su gesto. Suavemente notó la ropa de nuevo sobre su cuerpo, junto con las manos del hombre acariciando primero sus hombros, y luego sus brazos y sus costados conforme le ceñía la tela. No pudo evitar el estremecimiento que recorrió al sentir el lino cayendo suavemente sobre sus pezones, a los que la suave brisa, aliada con la humedad, había endurecido y sensibilizado.

Inconscientemente cerró los ojos, y siguió sintiendo las manos del hombre recorriendo ahora su vientre y acercándola contra él. El calor de aquellas manos, el contacto de la tela con su piel desnuda y húmeda y, de alguna manera, todo lo que emanaba de aquel hombre se fundían en una sensación demasiado embriagadora como para que todas las dudas que en otro momento sin duda hubieran aparecido en su cabeza llegaran siquiera a nacer.

El hombre la giró, y comenzó a pasar sus labios lentamente por aquél cuello aún perlado de las gotas de agua del río, empezando casi en la oreja y deslizándose suavemente hasta casi el hombro, para inmediatamente hacer el camino contrario humedeciendo ahora con la lengua donde antes habían estado los labios.

Ella cerró los ojos y se dejó arrastrar por ese mar de sensualidad que la estaba inundando por momentos, se dejó llevar por ese hombre que sin una palabra había hecho que su cuerpo se estremeciera, que sus pezones se endurecieran aún más, estimulados por el roce con la ropa en cada respiración.

Su jadeo se iba acelerando conforme el hombre recorría todo su cuerpo, conforme su mente iba difuminándose en sus brazos, hasta que de repente un agudo dolor la despertó de su ensueño. El hombre le había mordido en el hombro, profundamente pero sin llegar a producirle una herida.

Sorprendida, se dio la vuelta y se le quedó mirando. Pudo contemplar por primera vez con detenimiento los ojos de aquella persona tan extraña. Azules pero oscuros, con una antigüedad y profundidad que desmentían su aparente juventud. Quedó absorta, perdida dentro de ellos, y en vez de el enfado y la ira que hacía un momento le habían venido, una tranquila paz se empezó a apoderar de ella.

Lentamente, y sin dejar de mirarle, volvió a quitarse su ropa, pero esta vez no para adentrarse en el río, sino para adentrarse en él. Sintiéndose entregada, sin ni siquiera poder preguntarse cómo había llegado a ello, se arrodilló delante de él y empezó a desvestirle casi con reverencia, con adoración.

Él se limitó a acariciar su pelo, que ahora le caía por la frente y los hombros, mientras ella contemplaba por primera vez el pene de un hombre, y sin saber casi lo que hacía, lo introducía en su boca saboreándolo y disfrutando de aquel momento, sin ser consciente de que una tenue y oscura niebla iba rodeando aquel lugar y envolviéndolos a los dos.

Cuando volvió a abrir los ojos, sobre su cuello había un extraño collar de cuero con indescifrables inscripciones, que ella no pudo quitarse a pesar de intentarlo. El hombre, en ese momento la tumbó boca abajo en la hierba y comenzó a recorrer lentamente su espalda con la lengua, anulando con su peso cualquier intento que ella pudiera hacer por escapar.

La hierba y las plantas parecían crecer antinaturalmente y rodearla, de tal forma que en pocos instantes se encontraba sujeta al suelo por una multitud de raíces de un tipo que no recordaba haber visto nunca en aquella zona. El hombre, impasible e imperturbable, comenzó a acariciar la cara interna de sus muslos con la yema de los dedos, comenzando por el tobillo y acabando cada vez un poco más arriba, pero sin llegar nunca a rozar sus labios mayores.

En un momento de lucidez, ella fue consciente de cómo estaba y de la oscuridad que cada vez los iba envolviendo más y más y comenzó a sollozar, pero el suave y persistente tacto de esas manos finas pero con un toque de salvaje naturaleza primordial hacía que los gemidos del llanto se fueran transformando en los efectos del placer desconocido hasta ese momento que comenzaba a sentir.

Al poco, su cuerpo comenzó a traicionarla, y la humedad de la hierba comenzó a mezclarse con la suya propia. Los suspiros eran cada vez más profundos, y el dolor que le producía conforme mordía cada vez más salvajemente sus hombros y espalda se entremezclaba con el placer que la comenzaba a inundar.

Cada vez el hombre clavaba más profundamente sus dientes, y llegado un momento ella se estremecía de igual modo con cada mordisco que con cada caricia. Pese a todo, su espalda comenzaba a arder, y cuando se acercó para besarla, notó el sabor de su propia sangre en los labios de él. La sangre que los mordiscos produjeron en la espalda de la joven formó un símbolo, secreto y desconocido para una chica de la aldea, pero igualmente poderoso, que hizo que el dolor y el placer fueran todo uno a partir de ese momento.

Sabedor de que ya estaba totalmente a su merced, hizo que se retiraran las raíces que la sujetaban, puesto que su misión había concluído ya: ella era suya. Como en una nube que la envolviera y la hiciera flotar, se dio la vuelta y se quedó petrificada frente a aquellos ojos que miraban lo más profundo de su alma y despertaban deseos que no sabía que existieran.

Se acercó de nuevo al hombre y comenzó a frotar su pene por todo el cuerpo, disfrutando como nunca lo había hecho en su vida. Su lengua comenzó a lamerlo con más deseo que la primera vez si cabe, comenzando por la punta e introduciéndolo poco a poco en la boca, hasta que no cupo más, y comenzó a saborearlo mientras acariciaba la ingle de aquél al que estaba rendida.

Conforme se endurecía y crecía en tamaño, también ella comenzaba a desearlo de una manera salvaje. Deseaba sentirlo dentro de su cuerpo, dentro de su alma, dentro de su ser, penetrándola hasta las entrañas, sentir que era poseída y usada, y llena de la semilla que la hiciera fértil.

No podía más. En su mente no había nada más que el ansia por entregarse, por abandonarse completamente a las sensaciones que la inundaban. Sabedor de esto, el hombre empezó a acariciar en lentos círculos el clítoris de la joven, mientras acariciaba con los dientes los pezones, dejándolos escapar entre ellos a veces, y otras mordiéndolos con fiereza.

Poco a poco, la aldeana fue cerrando los ojos conforme la oscuridad que ahora los envolvía se hacía más espesa. Pese a ello, seguía viendo los ojos de él clavados profundamente en su alma, haciéndola doblegarse a su voluntad.

Su lengua bajó por el vientre de ella, y notó sus estremecimientos cuando empezó a acariciar con ella sus labios mayores, con exquisito cuidado de no tocar su parte más sensible, haciéndola desear y entregarse cada vez más. Repentinamente apretaba sus pezones, duro como piedras y a la vez más sensibles que nunca, arrancándole lamentos que ella misma ya no distinguía si eran de dolor o de placer.

Cuando la lengua de él comenzó a acariciar su clítoris, no pudo evitar sentir como sus piernas se abrían y sus muslos se tensaban y se relajaban una y otra vez. De lo que ya no era consciente era de los sonidos que escapaban de su garganta, más propios de un animal que de un ser humano.

Sólo deseaba ser penetrada, sentirse poseída de forma total y completa, entregarse sin ningún reparo y estallar por fin. Ella no se había dado cuenta, pero la oscuridad ahora era completa, Sólo se les veía a ellos dos en medio de algo más negro que la noche.

Por fin, apoyó su pene en la entrada de su vagina, y contuvo los esfuerzos de la chica por clavarse por sí misma en él. Disfrutaba sintiendo su necesidad, su salvaje deseo que él mismo había despertado, quería alargar el momento y retrasar el hacerla suya. Por fin, se introdujo de golpe en su cuerpo y notó la sangre en su pene, sangre de aquella virgen que él había tomado.

Ella cerró por completo los ojos y perdió la noción del tiempo y el lugar, mientras su cuerpo inconscientemente sufría espasmos al ritmo incansable con que era penetrada implacablemente, cada vez más rápido, cada vez más profundo, haciendo que su mente se nublara y perdiera poco a poco el sentido.

Finalmente, notó el semen de él inundándola, llenándola, haciéndola receptora de su semilla, y la sensación del cálido líquido en las paredes de su vagina hizo que ella también tuviera un orgasmo, el primero de su vida, que hizo que su consciencia por fín se diluyera en aquella oleada inmensa de placer eterno.

Jamás despertó.

A la mañana siguiente encontraron el cuerpo a la orilla del río. Había resbalado y había dado con la cabeza en una piedra.

Bu Ji.

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