viernes, octubre 16, 2009

Hero (IV)

Cuando Aigonos consiguió levantarse, el cadáver de Parteia ya había sido prácticamente devorado por las fieras. Sólo pudo llegar hasta él y abrazarlo, besando su cara, otrora tan bella y ahora completamente desfigurada.

Así se volvió a desmayar, esta vez del dolor que le atravesaba el corazón, un dolor tan intenso que no habría en la tierra ni en el Olimpo medicina capaz de curarlo. Cuando por fin despertó, del cadáver sólo quedaban los huesos, y él mismo estaba siendo atacado por las alimañas.

El grito que dio resonó en todo el bosque, y las mismas fieras escaparon asustadas por el sonido. Todo quedó en completo silencio por un breve instante de tiempo, un instante que se le hizo eterno. Luego, empezó a reír con una risa que no era humana... era una risa salvaje, animal, atávica, que evocaba locura y terror a partes iguales.

Por ultimo, quedó acurrucado en el suelo, sujetándose la cabeza con las manos, temblando, con la saliva y las lágrimas mezclándose en su cara antes de humedecer la hojarasca. Permaneció así un día, dos, el tiempo se había detenido para él, que había quedado atrapado en sus propio dolor.

Finalmente se levantó, pálida sombra tambaleante de lo que un día fue. La tristeza marcaba su rostro, heridas que el tiempo jamás llegaría a curar, ya que por más que su piel cicatrizara su corazón estaba irremisiblemente partido en mil pedazos.

No obstante su espíritu estaba quebrado, y eso era algo que consumía su cuerpo lentamente. Durante meses vagó por el bosque, solo, alimentándose únicamente de las hierbas y frutos que encontraba, evitando las fieras y aprendiendo a esconderse de la gente que ocasionalmente pasaba.

Su cuerpo se resintió, y adelgazó tanto que más parecía un fantasma que un hombre. De hecho, en los alrededores comenzó a extenderse el rumor de que un alma en pena vagaba por el bosque incapaz de llegar al Hades, y los aldeanos cada vez pasaban por allí con más temor invocando a Hécate para protegerse.

Lentamente comenzó a adaptarse a la nueva situación. Sabía que no podía seguir así eternamente, y debía encontrar un nuevo sentido a su vida, algo que le hiciera superar lo ocurrido y le permitiera encontrar la paz que tanto necesitaba. Por fin, tomó una decisión: no podía dejarse vencer por el destino, no podía aceptar que su vida tomara ese curso. Su fuerte personalidad, indómita frente a todas las adversidades, no podía dejarse vencer, saldría adelante una vez más aunque tuviera que enfrentarse ya no con Hades, sino con el Olimpo entero.

El primer paso fue volver al pueblo. Allí todos habían oído hablar de él, pero nadie creía que realmente existiera, cuando un extraño ser, un fauno como creyeron los más supersticiosos, apareció caminando penosamente entre los árboles que señalaban el final de la tierra de los humanos y el principio de los dominios de Pan.

Ciertamente parecía más un servidor de éste Dios antes que un hombre, y solamente tras largas explicaciones de lo ocurrido consiguió que la gente se convenciera de que era realmente un ser mortal, y no una criatura escapada del Tártaro. Al comprobar quién era, le ofrecieron algo de comida y bebida y un lugar donde reponerse, pues todo el pueblo se apiadó de su triste situación.

Poco a poco volvió a recuperar las fuerzas, y en su cabeza la decisión de no resignarse tomó cada vez más fuerza. Con un tesón cantado por las futuras generaciones, se sometió a todo tipo de privaciones para prepararse ante las duras pruebas que iba a tener que afrontar, pruebas que destruirían a todo un ejército pero que él tendría que superar en solitario si quería conseguir su objetivo de recupera a su amada Parteia y vengar la crueldad de Teoarsis.

Por fin tanto su cuerpo como su mente estuvieron listos para la dura tarea que se le avecinaba, una tarea que ni siquiera el propio Herakles hubiera sido capaz de acometer, pero que él estaba seguro de poder llevar a cabo.

El primer paso consistió en dirigirse a Delfos. Allí consultaría con el oráculo, pues de todos es sabido que en manos de los dioses está el poder de conceder a un hombre sus dones, e insensato es aquél que se aventura en arriesgadas empresas sin conocer antes su voluntad y haber ganado su favor.

Antes de salir realizó una hecatombe de cien bueyes en honor a Zeus Crónida, el mayor entre los dioses del Olimpo, para que son su rayo apartara a los enemigos que sin duda intentarían impedir su viaje. Del mismo modo sacrificó cincuenta corderos a Hermes, para que su viaje transcurriera plácidamente.

Por fin llegó a su destino, y la magnificencia del oráculo le dejó impactado. No obstante se sobrepuso al enorme temor que sintió en ese momento, y se presentó ante la Pitia, con las ofrendas que había traído para ella. Ella, nada más verle, supo que estaba frente a alguien excepcional, alguien con un destino marcado profundamente por los dioses, pero cuyo final estaba todavía envuelto en la niebla.

Aigonos le contó su historia, y le preguntó qué tendría que hacer para rescatar a su amada del Hades y retornarla al mundo de los vivos.

La respuesta habría sido descorazonadora para cualquier otro, pero él no dudó por un instante de que intentaría lo que nadie antes había conseguido: tendría que pasar por la isla de Circe, a la que accedería tras vencer a temibles monstruos, para encontrar la puerta que le permitiera entrar al Hades sin estar sometido a las leyes que gobiernan las almas de los muertos.

Sin embargo, algo más ominoso que esto salió del oráculo:

—Ten cuidado, mortal: el destino de los hombres es el que es, y aquel que desea cambiar el suyo paga un alto precio.

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