viernes, julio 30, 2010

La mariposa...

Era una agradable tarde de principios de otoño, de esas en que las hojas han comenzado ya a caer tiñendo de tonos ocres las calles. El sol, bajo ya, a punto de esconderse, todavía proporcionaba una agradable sensación de tibieza que hacía que apeteciera salir a la calle, e invitaba a la gente a pasear por el centro de la ciudad.

Laia iba en el autobús. Le hubiera gustado ir andando, pero tenía prisa porque llegaba tarde y no podía permitirse recrearse con un paseo que inevitablemente le hubiera llevado mucho más tiempo del que disponía. Había quedado con su novio, y sabía que no le gustaba esperar, por lo que miraba nerviosamente el reloj una y otra vez, deseando que el autobús fuera más rápido, como si aquél deseo pudiera realmente hacer que llegara antes.

De repente, sintió una sensación extraña. No fue una sensación física, sino algo más extraño... fue repentinamente consciente de que alguien la estaba mirando. Miró disimuladamente a su alrededor, pero nadie en su campo de visión parecía estar haciendo otra cosa que dedicarse a sus asuntos que, en un autobús de tan poblada ciudad, eran de lo más variado. Allí nadie se fijaba en nadie.

Sin embargo, la sensación seguía ahí, no la abandonaba y de hecho cada vez se hacía más intensa. Finalmente, incapaz de aguantar el extraño hormigueo que le parecía sentir incesantemente en su nuca, se giró por completo de manera descarada, buscando quién podía estar observándola.

Casi justo detrás de ella había un hombre que, efectivamente, parecía estar mirándola fijamente. Sus ojos claros, que contrastaban con su pelo oscuro, le daban una extraña profundidad a su mirada. Era penetrante, dura y a la vez cálida, que parecía mirar dentro de ella y buscar sus secretos.

Era un hombre atractivo, rozando los 30, o tal vez 35 años. Llevaba una camisa de tela clara, ligeramente arremangada, y unos pantalones oscuros que producían una sensación de cuidado y que se podía decir que daban una imagen de seriedad, casi de firmeza.

Sin saber muy bien por qué, le sonrió y se volvió a girar. No es algo que hiciera habitualmente, sonreír a desconocidos que no apartan la vista de ella... Ella tenía novio, y jamás hubiera pensado en dar pie a que un desconocido pudiera pensar algo equivocado y provocar un malentendido, o algo peor, una situación tensa.

No obstante lo había hecho sin pensar, y pensó que tampoco tenía más importancia puesto ya apenas quedaban diez minutos para su parada, y realmente no volvería a ver a ese hombre. Sin embargo la sensación de sentirse observada, lejos de disminuir se incrementó, y esta vez la sensación de cosquilleo en su nuca era completamente real.

Sabía que la seguía mirando, y no pudo evitar intentar imaginar qué pensamientos pasarían por la cabeza de aquél hombre mientras la miraba... Sabía que debía de tener unos diez años menos que él, y aparte de contar con unas facciones que todo el mundo calificaba de agraciadas y de hacer ejercicio en el gimnasio, no demasiado intensamente pero sí con buena regularidad, ese día llevaba unos altos tacones que realzaban aún más su figura, ya que iba a ser una velada especial con su novio.

¿Estaría admirando su pelo castaño que le llegaba hasta casi la cintura? ¿O tal vez su cuerpo? ¿Estaría imaginándola desnuda?

Se sorprendió a si misma al darse cuenta de que estos pensamientos no le resultaban desagradables, y de hecho notó cómo su cuerpo empezaba a responder a ese cosquilleo de la misma manera que si fueran las yemas de los dedos de aquel hombre y no su mirada las que acariciaran su cuello y su nuca.

De nuevo, se giró para verlo. Esta vez intentó aguantarle la mirada, desafiante, pero tuvo que apartarla y volverse a dar media vuelta en cuanto se dio cuenta de que acaba de pasar la lengua humedeciendo sus labios de forma sensual, mientras su cuerpo empezaba a sentir un extraña pero familiar sensación de calor.

No quería ni imaginar lo que habría pensado el hombre al verle hacer aquel gesto... y menos en por qué su cuerpo reaccionaba así. Sólo quería que llegara pronto su parada, y olvidarse por completo del incidente.

Sin embargo, un par de paradas antes de la suya, el hombre se levantó y se dirigió hacia la puerta, de una forma que indicaba claramente que iba a bajar. En cuanto el autobús paró y se abrieron las puertas, sin pensarlo se levantó y bajó en la misma parada que él. Había sido un impulso del que ni siquiera había llegado a ser consciente, y que ahora ya no podía evitar.

Ahora la situación se había invertido. Era ella la que iba por la calle detrás de él, sin perderle de vista, a medias intrigada por ese hombre que despertaba su cuerpo de ese modo simplemente con su mirada, y a medias incapaz de resistirse a su influjo.

En un momento dado, el hombre torció a la derecha por un callejón, y cuando ella giró detrás de él, se encontró de repente frente a frente con él. Sintió una sensación tan repentina de intimidación, que fue casi como si la empujaran contra la pared, a la que pegó su espalda buscando una mínima sensación de protección.

El hombre lentamente se acercó a ella, hasta prácticamente pegar su cuerpo al suyo, y empezó a susurrarle al oído:

—Así que me has seguido como una perrita, ¿no es así? Te has excitado en el autobús, y has venido detrás mío mojada como una perra para que te use...

Mientras decía esto, metió la mano por dentro del pantalón de Laia, y empezó a acariciarle el clítoris por fuera del tanga en círculos lentos, apretando suavemente, y dejando que fuera la tela la que fuera rozándolo cada vez más conforme la excitación se apoderaba de ella.

Se sintió sorprendida por varias cosas. Primero, por la osadía de aquél hombre, ya que si bien no pasaba nadie en ese momento por el callejón seguía siendo de día, y en cualquier momento podría llegar alguien y verlos.

Pero lo que más le impactó fue darse cuenta de que él tenía razón: estaba húmeda, desde hacía tiempo, y sólo ahora se daba cuenta. Quería gritarle que parara, que la dejara tranquila, que tenía novio, que se lo diría... Sin embargo, la mirada del hombre y la sensación de calor y placer que salía de entre sus piernas hacían que sólo salieran de su garganta jadeos y ahogados gemidos.

—Vaya, así que realmente eres una perra... no hay más que oírte jadear y gemir. Está bien, si quieres ser mi perra, lo serás, pero tendrás que comportarte como tal. Ponte esto y sígueme.

Mientras decía esto dejó de acariciarla, y le ofreció un objeto. Ella, que en ese momento estaba ya totalmente entregada al deseo, y que no podía evitar mover las caderas al ritmo con que la acariciaba, tuvo que tragar saliva varias veces y respirar hondo para simplemente volver a ser capaz de pensar en lo que le estaba diciendo.

Cuando se dio cuenta, el hombre salía del callejón volviendo a la avenida, y ella tenía entre sus manos un collar de perro. Ni siquiera fue capaz de pensar en lo que hacía... el miedo a perder de vista a ese hombre era más fuerte que nada, y abrochó torpemente el collar en torno a su cuello mientras salía apresuradamente detrás de él.

Apenas se paró a pensar en las miradas de extrañeza y curiosidad que provocaba entre los paseantes verla sofocada y sudorosa, y con aquel extraño adorno. Algunos la miraban disimuladamente, extrañados; otros eran más descarados y llegaban incluso a señalarla con el dedo.

No obstante, eso sólo aumentaba su excitación, y el hecho de que el hombre, al acariciarla, hubiera introducido el tanga entre sus ya hinchados y sensibles labios mayores hacía que además a cada paso que daba notara un roce que la volvía loca de deseo. Realmente, se sentía una perra, y era una sensación que en ese momento no cambiaría por nada.

Por fin, el hombre se paró delante de un portal, y lo alcanzó mientras él abría la puerta. Entró pegada a él, y en cuanto la puerta se cerró le puso una correa en el collar, y la llevó así hasta el ascensor que había al final de la entrada.

En ese momento ya no le importaba nada, ni su novio, ni lo que pensara la gente, nada... Era simplemente una perra que su Amo acababa de sacar a pasear, y estaba totalmente a su disposición para lo que Él quisiera hacer.

Nada más entrar en su piso, la vendó y la llevó por él guiándola con la correa de manera tan hábil que en ningún momento tropezó hasta que llegó a su habitación, y la depositó sobre la cama, boca abajo.

A estas alturas, el que la desnudara le pareció lo más normal, y simplemente deseó estar a la altura de lo que Él tenía derecho a exigir. Sentía que todo su cuerpo, toda ella de hecho, le pertenecía, y espero ser digna y merecer así ser usada, para saciar de este modo el deseo que la estaba consumiendo.

La puso boca abajo, sobre sus rodillas, con la cabeza apoyada en la almohada y las rodillas separadas de tal modo que sus caderas se elevaban ofreciendo así sus agujeros para que Él decidiera cuál tomar, y no fue capaz de oponer resistencia cuando le llevó las manos a la espalda y la esposó de este modo, dejando sus brazos inmóviles.

No veía nada, sólo sentía una necesidad de ser poseída, de sentir que era la propiedad de su Amo y que podía hacer con ella lo que gustara. Inconscientemente ayudó con las manos a que su ano quedara más expuesto, para hacer patente su total disposición a algo que, hasta ese momento, jamás había dejado que nadie siquiera insinuara.

El hombre empezó a acariciarla, como se acaricia a una mascota, pasando la mano lentamente por su espalda, mientras empezaba a introducir despacio un dedo en su vagina. Cuando sintió el dedo dentro de ella no pudo evitar estremecerse, y en ese mismo instante sintió un azote en su culo.

—¡Quieta, perra! Te vas a dejar follar así, sin moverte, simplemente aceptando lo que yo quiera hacerte.

Consciente de su error, a partir de entonces fue una lucha entre los estremecimientos que luchaban por manifestarse en su cuerpo, y la obediencia debida... con el resultado de que conforme el dedo entraba y salía lentamente por su vagina no podía hacer más que apretarlo febrilmente dentro de ella como única salida a sus impulsos, imaginando que estaba siendo penetrada por su Señor.

Cada vez que, pese a todo, su cuerpo temblaba, era azotada y, lo que era peor, dejaba de ser estimulada hasta que su cuerpo volvía a pararse por completo. Era tal su obsesión, que mordía sus labios hasta casi hacerlos sangrar con tal de que el resto de su cuerpo quedase quieto.

En un momento dado, notó una sensación de ligero dolor en su ano. Algo duro comenzaba a introducirse en él, ensanchándose conforme entraba más adentro. Por un instante se sorprendió, ya que ella jamás había sentido nada igual, y sentía un rechazo visceral hacia la idea. No obstante, ese propio rechazo hacía que se sintiera más perra, más propiedad de su Amo, al ofrecerse y permitirle tomarla de ese modo.

En ese instante comenzó a excitarse aún más: estaba descubriendo su verdadero deseo, y entregándose a él.

Finalmente, notó cómo la sujetaba de las caderas, y la penetraba lentamente, dejando que se abriera camino poco a poco, y que disfrutara de la sensación de las paredes de su vagina abriéndose al paso de algo tan duro y grueso.

Cuando estaba totalmente en su interior, se quedó así parado un rato, mientras los muslos de ella no hacían más que temblar de manera incontrolable, de tal forma que Laia apretaba su pene y lo soltaba dentro de ella, notándolo casi en su útero.

Después de un par de segundos que a ella se le hicieron eternos, empezó a follarla despacio, con calma, como si todo el ansia acumulada que estaba despertando en ella no fuera con él. Ella deseaba ser penetrada rápido, casi violentamente, y en cambio él simplemente iba incrementando el ritmo poco a poco, dejando que se muriera de deseo.

Ella ya no podía pensar en nada, simplemente se volvía loca con la sensación de sentirse llena en sus dos agujeros... No sabía ya si estaba entrando o saliendo, sólo sentía cómo ardía, abrasando más que el fuego, conforme entraba y salía.

Sin embargo, no era capaz de alcanzar el orgasmo. Justo en ese momento oyó a su Amo:

—Quieres correrte, ¿verdad, perra? Te mueres de ganas, no puedes pensar en otra cosa... Se nota lo caliente que estás... Quieres sentir cómo explotas, esa oleada de placer que sabes que te está esperando pero que no llega...

Y, efectivamente, al oir sus palabras se dio cuenta de que no aguantaba más, de que necesitaba ese orgasmo, la sensación de placer y abandono absoluto... Su cabeza sólo pensaba en eso, en correrse, en correrse, en correrse...

Pero algo se lo impedía, había como una barrera que le impedía llegar a ese punto, a pesar de que cada vez estaba siendo follada con más fuerza... Notaba el impacto de las caderas contra las suyas, el empujón cada vez que entraba, cómo la sujetaba para que no se fuera contra el cabecero de la cama... Todo eso le hacía estar más y más excitada, si es que eso era posible, pero no le permitía tener ese orgasmo.

—¡Córrete, perra!

Conforme oyó estas palabras, fue como si de repente se derrumbara no la barrera que tenía en ese momento, sino todas las que había habido a lo largo de su vida, y empezó a tener un orgasmo imparable, perdiendo por completo el control de su cuerpo que empezó a temblar y a emitir un gemido constante, y notando cómo él también lo tenía, llenándola por completo.

Poco a poco, con esta sensación de placer que no terminaba, fue perdiendo la noción del tiempo.

Laia despertó. Abrió perezosamente un ojo y se rascó con la pata detrás de la oreja. Se levantó y recorrió alegremente la casa, ansiosa puesto que sabía que en breve llegaría su paseo matutino.

En cuanto oyó el familiar silbido cogió la correa entre los dientes y correteó alegre moviendo el rabo hacia la puerta, donde ya la esperaban. Se sentó sobre las patas traseras, ofreciendo así el collar y la correa como sabía que debía hacerlo.

Por un instante, sólo por un instante, se paró a pensar en los extraños sueños que tenía desde que aquél hombre, tras mirarlas a todas fijamente en la perrera, la eligió a ella y la llevó a su casa.

Pero su cánido cerebro sabía que eso no importaba. Lo importante era estar junto a Él. Era una perra, y haría lo que deseara su Amo.

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