jueves, octubre 21, 2010

Sonia

Todo había comenzado como una apuesta, de esas que se hacen con los amigos en un momento de borrachera.

Era Agosto y todo el mundo estaba de vacaciones, así que ese viernes Andrés y Sonia eran los únicos de todo el grupo que habían quedado en la ciudad. "Bueno es lo que tiene una ciudad de interior con todo el calor del verano", pensaron, y salieron dando por hecho que sería una noche de viernes muy aburrida.

Después de varias horas bebiendo, acabaron en uno de los últimos bares en cerrar, el típico bar donde se junta la gente que no ha ligado y tampoco tiene ganas de volver a su casa, y empezaron con los chupitos de tequila. Cuando iban por el segundo, a Sonia se le ocurrió la idea:

—¿Qué te parece si hacemos una apuesta a ver quién aguanta más chupitos de tequila?

—Muy bien— dijo Andrés —,pero... ¿qué apostamos? Ha de ser algo por lo que merezca la pena darlo todo...

—No sé... ¿Qué te parece&mdash dijo Sonia con una repentina mirada pícara — si el que pierda tiene que hacer mañana por la noche todo lo que el otro le pida?

La mirada y el tono de Sonia dejaban bien claro que estaba pensando en cosas que probablemente Andrés se arrepintiera mucho de hacer, y la verdad es que esperaba que se echara atrás, ya que nunca había sido muy bebedor y esa noche ya había tomado unas cuantas copas más de las habituales en él, cosa que parecía notarse en su hablar ligeramente balbuceante. Sin embargo, para sorpresa de Sonia, estuvo de acuerdo:

—Me parece muy bien— dijo —, pero que sepas que si gano no pienso apiadarme de ti.

El brillo en los ojos de Andrés cuando Sonia no pudo con el séptimo chupito y tuvo que ir corriendo al baño extrañó a más de uno en el bar. Sin embargo, ninguno de ellos estaba en condiciones de recordarlo al día siguiente... Excepto el propio Andrés.

* * *

El día siguiente fue de una resaca espantosa para Sonia, y, lo que era peor, recordaba con toda nitidez la apuesta perdida la noche anterior. Bueno, eran amigos, pensó, así que probablemente no le pediría nada que fuera exagerado o demasiado humillante... De hecho, pensaba que sería más compasivo con ella de lo que lo habría sido ella con él.

Sin embargo, el mensaje que recibió le dejó perpleja. Decía lo siguiente

Te pasaré a recoger mañana a las ocho en punto. Ponte la faldita escocesa que tienes, y un top blanco, sin ropa interior. También te quiero en tacones. Después de cenar podrás elegir si quieres quedarte, o volverte a casa. Tranquila, no voy siquiera a tocarte, pero hasta entonces tendrás que hacer lo que te diga. ¿Pagarás tu apuesta?

Aparte de perpleja, le dejó un poco intranquila, ya que ella jamás había pensado en Andrés como otra cosa que un amigo, y el que él le pidiera esas cosas tan abiertamente eróticas le resultaba turbador. Sin embargo, le había dejado claro que no iba a tocarla, y si algo caracterizaba a su amigo es que era una persona de palabra. El haber sido ella misma en esta ocasión la que había propuesto la apuesta terminó de vencer sus dudas, y decidió cumplir con lo que le había pedido.

Mientras se duchaba, dio un repaso mental a la ropa que le había pedido ponerse. La falda escocesa que mencionaba era una faldita que tenía plisada, propia de una colegiala... o más bien de quien se quiere vestir de colegiala, que le llegaba por medio muslo.

El top, en cambio, era un top blanco bastante simple que tenía de tirantes, ligeramente ajustado pero no como llamar escandalosamente la atención. Decidió que para acompañar se pondría los zapatos con el tacón más altos que tuviera... Si quería ser provocado, lo iba a ser.

La verdad es que cuando se vio en el espejo se sorprendió, ya que con sus 24 años, morena de 1,70, y el pelo moreno que le caía por los hombros la ropa que le había elegido, junto con los zapatos de tacón, le hacían parecer extrañamente sensual.

Pasaban tres minutos de la hora acordada, cuando, justo al acabar de maquillarse, sonó el timbre. Fue hacia la puerta impaciente, más impaciente en ese momento por ver qué efecto provocaría en Andrés que por lo que pudiera depararle la noche.

La verdad es que no le defraudó. En cuanto la vio la recorrió con la mirada de arriba a abajo, con una mirada intensa, que parecía estar desnudándola y a la vez querer comérsela. Se relajó al pensar que, a pesar de todo, era ella la que estaba controlando la situación, y decidió provocarle un poco más levantándose los pechos con la mano y diciendo, con la cara ligeramente inclinada hacia abajo y mirando hacia arriba como una chica mala que acaban de castigar:

—Como ves, no llevo sujetador... y te garantizo que ahí debajo— y mientras decía esto acariciaba su falda entre las piernas con la yema de los dedos —tampoco llevo nada.

Para su sorpresa Andrés se echó a reir y simplemente le contestó que en ningún momento había dudado de ella, y que le siguiera. Él iba vestido de manera bastante más simple que ella, con una camiseta también blanca y ajustada, y unos vaqueros con botas negras de ir en moto.

Cuando salieron, vio que aparcada enfrente de su casa había una moto parecida a las de carreras, de gran cilindrada, y sin embargo nunca ni él ni sus amigos habían mencionado que montara en moto, siempre había aparecido en coche.

—Sube— le dijo Andrés, mientras le acercaba un casco —vamos a cenar al restaurante de un amigo mío.

Mientras ella se ponía el casco y Andrés encendía la moto pudo oir cómo le daba las últimas instrucciones:

—Por cierto, a partir de ahora, y hasta que acabe esta noche o decidas irte a casa, me llamarás Señor.

* * *

La verdad es que apenas había asimilado lo último que había oído cuando se encontró subida en la moto, recorriendo las calles de la ciudad a gran velocidad, cosa que le hacía agarrarse fuertemente a él porque apenas había ido en moto, y desde luego nunca en una como esa.

Lo primero que notó, y que le dio un susto que casi clava las uñas en su amigo, fue que al llevar esa falda tan corta y tener que ir subida a horcajadas en la moto, sus labios mayores y casi su clítoris quedaban en contacto directamente con la moto. Tal vez de haberlo sabido hubiera intentado ponerse en una postura que lo notara menos, pero la verdad es que no había mucho que hacer a esas alturas. Notaba la vibración del motor de la moto, e incluso las de la calle, justo entre sus piernas, y a cada bache que había se sentía estremecer.

Andrés era perfectamente consciente de eso y sonrió por dentro del casco, sin que Sonia pudiera verle. Decidió que era el momento adecuado para empezar a jugar con aquella chica que se creía de vuelta de todo, pero que en el fondo era tan ingenua... Cuando notó que la respiración de ella empezaba a acelerarse (la tenía pegada a su espalda), y que estaba lo bastante excitada como para no darse cuenta, empezó a frenar la moto para luego acelerarla repentinamente, de tal forma que el clítoris se le apretara contra el asiento al frenar, para luego moverse en dirección contraria al acelerar. Al poco rato, volvió a sonreír cuando empezó a oír los gemidos cada vez menos apagados de su amiga

De hecho, en esos momentos Sonia estaba luchando contra su propio cuerpo para no acariciarle, ya que el sentir el cuerpo de Andrés tan pegado al suyo, estaba notando cómo las horas de gimnasio de Andrés se habían notado en el último año, y podía intuir bajo sus dedos cómo se marcaban, pese a la postura, unos abdominales duros y bien formados. Es más, se moría de ganas de saber cómo se sentirían sus pectorales, de acariciarlos e incluso de lamerlos, si bien a duras penas logró contenerse.

Cuando por fin llegaron y se bajaron de la moto y ella se quitó el casco, tenía la cara toda roja y estaba sudorosa, e intentaba evitar su mirada. Andrés, de manera socarrona, miró el asiento de la moto húmedo, le levantó la barbilla para mirarla fijamente a pesar de que ella intentara evitarlo, y le dijo sonriente:

—Vaya, veo que has disfrutado del viaje... Me alegro, mejor lo pasarás a partir de ahora.

* * *

Sonia todavía luchaba por disimular el sofoco que llevaba cuando la brisa de la calle le hizo caer en la cuenta de que hacía tiempo que sus pezones estaban duros, por la excitación y el roce con el cuerpo de Andrés, y que al no llevar sujetador estaría marcándose claramente en su top... De hecho, cada vez que respiraba los notaba rozar, sintiéndolos vez más sensibles y duros, y por primera vez en su vida notaba la humedad empezar a rebosar de sus labios a sus muslos.

Al darse cuenta de estaban ya enfrente del restaurante, intentó recomponer como pudo su ropa de forma que se notara su excitación lo menos posible. Al darse cuenta, Andrés le interrumpió, en tono imperioso:

—Déjalo, no lo intentes... Se va a notar de cualquier manera lo caliente que estás. De todos modos— y en ese momento su tono se suavizó y dejó asomar una cierta nota de flema casi británica —, allí dentro a nadie le va a importar.

Nada más entrar un camarero vestido elegantemente de negro lo reconoció y les indicó amablemente que le siguieran a la mesa reservada. El restaurante tenía un salón amplio, cuyas mesas estaban ocupadas la mayoría por parejas, si bien en algunas había tres, cuatro e incluso más personas. Lo que más llamó la atención de Sonia es que había mucha gente vestida de una manera que no había visto hasta entonces.

En algunas mesas el hombre iba vestido impecable, con traje o smoking, y la chica apenas llevaba un corsé de encaje negro y una minifalda de cuero también negro. En otras, la chica llevaba un catsuit, un traje de cuero negro que le ajustaba como un guante resaltando todas sus curvas, mientras el hombre no levantaba jamás la mirada y llevaba varias anillas, que acaso fueran más bien argollas, en distintas partes de su cara. En fin, empezó a hacerse una idea del tipo de sitio en le que estaba.

—Dices que el bar es de un amigo tuyo... Y te han reconocido al entrar...— dijo titubeante Sonia —¿Vienes mucho a este sitio?
—No te preocupes por eso ahora— le interrumpió él casi sin dejarle acabar la pregunta, mientras le daba una bolsita —, no es el momento. Ahora coge esto, vete al baño, y métetelo. No te preocupes, es nuevo y lo he limpiado bien.
—Pero...— intentó protestar tímidamente ella —pero... dijiste que no me ibas a tocar...
—Y no voy a hacerlo— contestó él —, simplemente vas a ser tú misma la que lo hagas. Ahora, ve y haz lo que te he dicho.
—Sí...— y algo en su tono de voz le hizo recordar lo que le había dicho justo antes de montarse en la moto —sí, Mi Señor.

Cuando llegó al baño tuvo un momento de duda. ¿Qué habría dentro de la bolsa? ¿Se atrevería a hacerlo? Pensó en salir, devolverle todo, y decirle que había ido demasiado lejos, que el juego se había terminado. Sin embargo, mientras eso pasaba por su cabeza se dio cuenta de que su mano había estado acariciando inconscientemente todo el rato su labios mayores haciéndolos rozar con la falda y, en ese momento, supo que no era capaz de echarse atrás.

Con un gran esfuerzo de voluntad dejó de acariciarse y abrió la bolsa. Lo que había dentro no era más que un pequeño aparato de plástico, con forma cilíndrica pero con los bordes suaves y redondeados para que fuera más fácil introducirlo, y un hilo que salía de él para facilitar el sacarlo.

Ella nunca había sido partidaria de utilizar juguetes en sus relaciones sexuales y, de hecho, los había considerado un síntoma de que éstas eran insatisfactorias puesto que necesitaban ayuda. Por eso no sabía bien para qué serviría, simplemente imaginaba que tendría una función parecida a las bolas chinas de las que sí había oído hablar, pero no acertaba a entender de lo que se trataba.

Finalemente, se lo introdujo sin problemas debido a la humedad que hacía tiempo que lubricaba su vagina. Le supuso un agradable, aunque momentáneo, alivio a su excitación el sentir cómo el plástico ligeramente frío separaba sus labios menores y se abría paso poco a poco por su vagina, separando las paredes que hasta entonces habían estado cerradas.

Una vez lo tuvo bien firmemente dentro cerró las piernas para disfrutar un instante de la sensación y ponerse de pie sin miedo a que se le saliera. Cuando confirmó que podía andar normalmente y no se movía, volvió por fin junto a Andrés.

* * *

Justo en ese momento llegó el camarero y les preguntó qué deseaban comer. Sonia quiso saber qué es lo que había en el menú:

—¿Qué es lo que tie...

De repente su pregunta se convirtió en un grito ahogado, y Andrés aprovechó para intervenir:

—La señorita no cenará; como ve, se halla ligeramente indispuesta. En cuanto a mí, traígame lo de siempre.

El aparato que llevaba Sonia dentro de su vagina se había puesto a vibrar repentinamente, pillándola totalmente por sorpresa, y no había podido evitar que el grito, mezcla de excitación, sorpresa y miedo, saliera de su garganta. En cuanto se fue el camarero, la vibración paró, y se encontró, aún jadeante, con los ojos de Andrés que la miraban fijamente.

—Lo que, como acabo de comprobar, llevas dentro es un potente vibrador que puedo controlar con un mando a distancia que tengo aquí — y diciendo eso le enseñó en efecto un pequeño aparato con varios botones —. Con él puedo controlar no sólo si vibra o no, sino la intensidad de la vibración, así que mientras yo disfruto de la cena, me voy a encargar de que tú disfrutes... de otras cosas.

Y diciendo eso pulsó uno de los botones e, instantáneamente, el vibrador se puso de nuevo en marcha. Esta vez sin embargo Sonia estaba preparada y lo esperaba, por lo que consiguió que apenas se notara un cambio en su cara.

Estaba intentando con todas sus fuerzas que no se le notara nada ya que si bien estaba claro el tipo de gente que acudía al local y nadie parecía darse por enterado de lo que ocurría en su mesa, en ninguna otra se veía a nadie con síntomas de excitación, ni hacían nada que no pudiera considerarse perfectamente normal en un restaurante.

Cuando al cabo de un minuto pensó que había conseguido controlar la situación, e intentó levantar de nuevo la vista (que había fijado en la mesa, para intentar así concentrarse más y controlar mejor su cuerpo), apenas pudo ver la sonrisa de Andrés mientras apretaba un botón del mando a distancia y la vibración aumentaba de repente.

No fue consciente del rato que pasó así... Cada vez que por fin pensaba que había logrado controlar su cuerpo, la vibración se hacía un poco más intensa si cabe y de nuevo sentía cómo su cuerpo comenzaba a temblar y tenía que morderse los labios hasta sentir el sabor metálico de su propia sangre para no gemir.

Al final ya no podía más, le era imposible controlarse; las caderas hacía tiempo que se le movían solas como si estuviera siendo penetrada, y la cara la tenía escondida entre las manos en un vano intento de disimular sus gemidos. Ya sólo deseaba el orgasmo, le daba igual el sitio y la gente, necesitaba estallar de una vez y correrse de manera salvaje, gritando incluso, algo que nunca antes había hecho ni en los orgasmos más intensos.

En ese momento todo paró. No podía ser, estaba a punto, ya lo sentía llegar, apenas diez segundos más y todo habría acabado... Todavía siguió por un instante moviendo las caderas, en un intento inútil de correrse, pero era imposible. Por fin, levantó la cabeza sudorosa, apartó sus manos que la tapaban, húmedas de sudor y saliva, y vio que Andrés había por fin acabado de cenar.

* * *

Después de limpiarse la boca con una servilleta, le dijo:

—Bueno, aquí acaba tu obligación conmigo... En este momento debes tomar una decisión: puedes irte ahora y dar por saldada la apuesta... o puedes quedarte, y saber qué más te espera. Pero tienes que saber que si te quedas, hay unas nuevas condiciones— y diciendo esto puso un nuevo paquete encima de la mesa —que deberás aceptar: si te quedas, serás mi perra y podré hacer de ti lo que me plazca hasta mañana... y te prometo que esto habrá sido sólo el principio.

Sonia intentó contestar, pero apenas le salían las palabras:

—Sí... más... quiero más... necesito más...

Al oirla balbucear así, Andrés le interrumpió con tono imperioso:

—¡Contesta como debes!

Cuando oyó cómo se dirigía a ella, pareció recuperar un poco la compostura y dijo en apenas un susurro:

—Sí, soy vuestra perra, Mi Señor.

—Perfecto— dijo él —, entonces ponte el collar que te marca como mía.

Con manos temblorosas aún abrió lo que había encima de la mesa, y encontró un collar que colocó sin apenas pensarlo alrededor de su cuello, entregándose de esta manera a Su Señor.



* * *

Cuando por fin se puso el collar, Andrés le unió una cadena que llevaba preparada y, sin más, se levantó con ella y comenzó a cruzar el restaurante en dirección contraria a la entrada, hacia una maciza puerta de roble que se abrió justo cuando llegaban.

Sonia apenas era capaz de andar con los tacones, las piernas le temblaban demasiado y parecían estar sin fuerza... y, de hecho, si no hubiera estado siendo arrastrada por el collar no hubiera podido avanzar mucho.

Entraron en un pasillo con múltiples puertas, todas ellas cerradas, y cada una de ellas tenía una chapa dorada con una inscripción o emblema que identificaba a su propietario. Andrés se paró delante de una que ponía Bu Ji, y sacando una llave de su bolsillo la abrió y entró. El cuarto estaba iluminado por algunas velas distribuidas cuidadosamente de tal modo que prácticamente todo estaba en un ambiente de penumbra, sin zonas demasiado iluminadas ni demasiado oscuras. En el centro, había una cama grande, de al menos dos metros de ancho por otros tantos de largo. Junto a ella, una mesita y varias cómodas y cajones.

Ella no opuso resistencia cuando la tumbó sobre la cama y sujetó sus manos a unas sujeciones de cuero que colgaban de la cabecera de la cama a tal efecto. Con unas tijeras rompió el top que llevaba, con cuidado de no hacerle daño, y dejó sus pechos al descubierto. Empezó a acariciarle lentamente un pezón, cogiéndolo entre el índice y el pulgar y apretándolo suavemente para después soltarlo.

Al notar el estímulo, Sonia pareció volver en sí y salir del ensimismamiento en que estaba, y miró a los ojos de Su Señor, dándose cuenta de que el simple hecho de pensar en la situación que estaba hacía que se excitara de nuevo. Cuando pasó un rato, Andrés volvió a hablarle:

—Muy bien, querida amiga... o, mejor dicho, y por adecuarnos a la actual situación, muy bien, querida perra viciosa. Ahora eres mía, y harás lo que yo quiera... Y lo harás porque estás tan cachonda que eres incapaz de hacer otra cosa. Sin embargo, y como no quiero abusar, te voy a dar una última opción. Toma esto —y al decirlo, puso en su mano una pequeña pelota de goma, de estás para aliviar el estrés que se pueden apretar a voluntad — y tenlo en la mano. Si alguna vez quieres parar, déjala caer, y aquí acabará todo... los dos volveremos a nuestras casas, y mañana volveremos a ser amigos.

Mientras decía esto, Sonia le miraba muerta de excitación. Había asumido que era su perra, y se había descubierto a sí misma separando todo lo que podía las piernas para enseñarle sus labios húmedos, con el vibrador aún dentro.

—Eso sí —prosiguió Andrés—, si la pelota se te cayera por accidente, significaría en cualquier caso que aquí acaba todo, quieras o no, así que ten cuidado no sea cosa que la dejes caer por error.

Una vez dijo eso, abrió uno de los cajones que había al lado de la cama y sacó una venda con la que le tapó los ojos, y una mordaza con bola con la que le amordazó. Al notarse de repente cegada y muda, Sonia tuvo el reflejo instintivo de dejar caer la bola, pero consiguió contenerse apretándola fuertemente, y se dejó hacer.

—Muy bien —dijo Andrés—, has aguantado bien... No quiero que molestemos a los vecinos, así que me he tomado la libertad de evitar que puedas hacer demasiado ruido... Además, resulta apropiado que simplemente jadees.

Por último, le sujetó los tobillos a los pies de la cama, y forzó a que las rodillas de mantuvieran levantadas mediante unas abrazaderas de cuero que pendían del techo mediante unas cadenas. Así, la tenía completamente a su merced: cegada, muda, prácticamente inmóvil ya que sólo podía mover las caderas, y con las piernas separadas y las rodillas levantadas para usarla a voluntad.

* * *

Lo primero que hizo fue sacarle el vibrador que llevaba, con las pilas prácticamente agotadas, y dejarlo aparte encima de la mesa en una bandeja que había.. el gemido ahogado que emitió le indicó que se había acostumbrado ya a su presencia, y que la sensación al sacarlo fue de placer.

Le quitó entonces la falda y el resto de la ropa que le quedaba, incluidos los zapatos, cortando todas aquellas partes que pudieran estorbar o ser difíciles de quitar por estar atada, y empezó a recorrer lentamente el cuerpo de Sonia con la yema de los dedos, aunque sin seguir ningún orden en particular.

Quería sorprenderla, que no supiera dónde iba a sentir sus manos... empezó por el vientre, acariciándolo con la yema de los dedos de izquierda a derecha, y alternándolas con las uñas, un roce suave que le hacía estremecer.

Siguió luego acariciando sus muslos, por dentro, pero esta vez con los labios. Dejó que se deslizaran ligeramente húmedos desde la rodilla hacia abajo, para luego subir en sentido contrario por la otra pierna, pero sin rozar apenas sus zonas más sensibles. Andrés sabía que ella quería más, porque estaba realmente excitada, y notaba como levantaba sus caderas cada vez que los labios bajaban. Sin embargo, aún no era el momento... tendría que esperar, y dejar que la excitación le fuera superando.

De repente, ella notó una sensación extraña en pezones que la sobresaltó... ¿Qué era aquello? No podía verlo, y no había oído nada tampoco... era algo frío... frío... y húmedo, que caía en sus pezones y se iba deslizando por su vientre... pero además, notaba un cosquilleo por donde había pasado... eran burbujas. Mientras el champagne se deslizaba hacia abajo por su vientre, cayendo justo entre sus piernas, cosquilleando en su clítoris mientras ella intentaba cerrar las piernas sin conseguirlo, notó por fin el olor que le permitió identificarlo.

Inmediatamente después la lengua de Andrés empezó a recorrer el camino que acababa de seguir el champagne, y, justo después del frío y las burbujas notó inmediatamente después su lengua caliente y aún más húmeda, que la hizo estremecerse aún más... hasta que por fin llegó entre sus piernas.

Sonia creyó volverse loca de placer cuando sintió esa lengua recorriendo primero sus labios mayores, rozándolos apenas primero para separarlos después y llegar a penetrarla ligeramente con ella. Al sentirse penetrada, aunque fuera simplemente con la lengua, empezó a jadear cada vez más, y a mover las caderas intentando que llegara más profundamente.

De nuevo, frío en los pezones... esta vez un frío intenso, sólido... hielo... que los hacía sentir a punto de estallar, y los endurecía cada vez más... Apenas aguantaba el frío, pero el calor que sentía entre las piernas, con la lengua ahora moviéndose rápidamente en círculos apretando contra su clítoris, mientras sus caderas de nuevo se movían arriba y abajo sin control, hacía que no fuera capaz de distinguir qué sensación era la más intensa.

Repentinamente, todo cesó. Sonia apenas era consciente de dónde estaba, o lo que le estaba pasando... sólo notaba los pezones duros como piedras, a punto de estallar en cada respiración, casi doliéndole de lo hinchados... y a la vez el clítoris y la vagina ardiendo, con una sensación de necesidad que no había sentido nunca antes... No era capaz de pensar con claridad, sólo quería ser follada de una vez, ser follada sin parar, como la perra que realmente era en ese momento.

Cuando sintió como si estallaran sus pezones, no supo si era de dolor o de placer. Realmente era una mezcla de las dos cosas, porque Andrés acababa de ponerles unas pinzas lo bastante fuertes como para que fueran ligeramente dolorosas, pero no tanto como para que, en ese momento, el dolor se convirtiera en placer al sentir liberarse la tensión acumulada.

Simultáneamente, la penetró, y se quedó un instante dentro de ella, notando cómo su vagina temblaba en parte por el dolor de las pinzas, y en parte por la propia excitación al sentirla tan llena. Se permitió disfrutar de ese momento en el que Sonia perdía definitivamente el control, cuando sus caderas reaccionaban a lo que había dentro de ella, y empezaban a moverse sin parar intentando hacer que entrara y saliera.

Poco a poco, la fue penetrando, lentamente al principio, a pesar de las ganas que sabía que ella tenía en ese momento, o precisamente por ellas. Dejó que el primero orgasmo le llegara mientras le penetraba lentamente, y no paró de hacerlo, sabiendo que así lo alargaría. Cuando por fin el orgasmo de ella terminó, siguió entrando y saliendo de ella como antes, mientras le decía:

—Ya te has corrido, ya has tenido lo que pensabas que querías. Pero no; yo te voy a dar lo que realmente deseas: te voy a follar como la perra que eres, y te seguiré follando sin parar mientras te corres sabiendo que vas a seguir sintiendo mi polla hasta que te vuelvas a correr otra vez, así sin parar...

La mordaza apenas fue suficiente para amortiguar el gruñido de deseo puro, instintivo, atávico, animal, que salió de la garganta de Sonia en ese momento, mientras sus intentos de moverse ponían a prueba la solidez de cadenas y sujeciones

Impertérrito, Andrés empezó a penetrarla cada vez más rápido, haciendo que se sucediera un orgasmo tras otro. Por mucho que ella apretara la vagina mientras se corría, él no paraba y seguía abriéndose paso cada vez más rápido, golpeando cadera con cadera notando sus testículos golpear contra ella, empujando también, mientras también su pene se hacía cada vez más duro y grueso.

Cuanto más rápido la penetraba, más intensos eran sus orgamos, y también más seguidos, hasta el punto en el que era imposible distinguir cuándo acababa uno y empezaba otro. En ese momento, tampoco él pudo aguantar más y se corrió dentro de ella, llenándola, prácticamente desbordándola, y esa sensación dentro de ella fue lo último que notó antes de desmayarse, había llegado la petite mort.

El deseo de Sonia se había cumplido: había sido usada, orgasmo tras orgasmo, hasta la extenuación.

Ya sólo le quedó a Andrés desatarla, dejar que se recuperara abrazado a ella, y ayudarla a que se diera un baño tranquilo y relajado en la bañera anexa. Por último, se acostaron.

* * *

Cuando Andrés despertó, Sonia estaba aún abrazada a él. Después de darle un suave beso en la mejilla para despertarla, le dijo:

—Sonia, es de día... ¿Volvemos a casa?

Y ella contestó:

—Sí, Mi Señor.

No hay comentarios: