jueves, septiembre 04, 2008

Hero (II)

Parteia.
Parteia.
Parteia.

Aigonos repetía una y otra vez su nombre, sin hacerse todavía a la idea de que ya no fuera a tenerla a su lado. Ella era lo que hacía latir su corazón, lo que animaba su espíritu, y ahora ya no estaba junto a él. Ahora estaba muerta.

Desde aquél día en las Olimpiadas, nada había vuelto a ser lo mismo. Se había enamorado irremediablemente de aquella mujer que lo había cuidado, restañando sus heridas, como una dríade cuida de su bosque.

Ella, por su parte, tampoco había permanecido insensible a la firme bondad que emanaba del espíritu de ese hombre. Aprendió a conocerlo, a quererlo y a amarlo, a desearlo y a sentirlo, a echarlo de menos y a soñar con él cuando no lo tenía a su lado.

Cierto es que la vida no había sido siempre fácil. Teoarsis no había soportado la humillación, y los había hecho huir, gracias a su influencia, primero de Atenas y luego de toda el Ática. Sólo en Esparta habían encontrado refugio, con sus seculares enemigos, quienes a pesar de haberlo acogido lo despreciaban profundamente.

Pero poco a poco habían construido allí su vida. La franqueza ganó poco a poco a la suspicacia, y los espartanos llegaron a aceptar la presencia de los dos exiliados. No eran queridos, pero se les permitió quedarse, y poco a poco fueron construyendo su pequeño mundo, y tuvieron algo a lo que llamar "Hogar".

Sin embargo, llegó la guerra con Atenas. El influyente ateniense aprovechó su posición en la facción demócrata para presionar y echar abajo todos los intentos de conciliación. No contento con eso, se encargó de que algunos esclavos fueran encontrados con documentos dirigidos a él pidiendo información sobre las tropas lacedemonias.

Los reyes de Esparta les convocaron, querían confrontar con ellos las informaciones que les habían llegado. Desgraciadamente, agentes a sueldo de Atenas les convencieron de que no era necesario, de que las pruebas eran claras... ¿Qué otra cosa iban a hacer unos atenienses refugiados en casa de su peor enemigo, si no era una preparación para la inminente guerra?

Una vez más la traición venció.

Pese a que nunca hubo ninguna prueba de que contestara a las peticiones de sus antiguos compatriotas, la pareja fue obligada a abandonar la ciudad que les había servido de refugio durante tanto tiempo y a vagar de nuevo por la Hélade.

Fueron días duros, perseguidos por todos, viviendo casi en el bosque donde eran acogidos por las ninfas, embelesadas por la belleza y virtud de ambos. Su amor, con las dificultades, se fue haciendo más fuerte, y cada uno de ellos hubiera muerto antes de separarse del otro.

Habían huido, perseguidos siempre por un fantasma tan real como intangible, tan difuso como espantoso. Cruzaron ríos, bosques, montañas... Atravesaron valles, colinas, parajes tan bellos como peligrosos para ellos hasta refugiarse en el Asia Menor, en Frigia.

Allí, finalmente, habían conocido la paz. Unos extranjeros más en una tierra de comerciantes, donde nadie les preguntó jamás su origen ni sus motivos para llegar hasta allí. Todo el mundo tenía su pasado, pero nadie hablaba de él porque era eso, pasado.

Por fin pudieron pensar en el futuro, en su futuro. En formar una familia, en cultivar la tierra como él había aprendido en su infancia, en definitiva en ser felices.

A costa de duro trabajo consiguieron un pedazo de tierra que Aigonos se esforzaba año tras año en cultivar mientras que ella, con su exquisita delicadeza, acabó convirtiéndose en una respetada orfebre.

Las joyas que ella hacía fueron pronto conocidas no solo en su ciudad, Ancyra, sino por toda Frigia e incluso más allá. Trabajos hechos con la mayor delicadeza y gusto, y cuidados hasta el más mínimo detalle, ésa era la seña de identificación de la orfebrería de Parteia.

Sólo una cosa les faltaba, y era la bendición de un hijo. No habían dejado de rogar a los dioses para que les concedieran la dicha de tener descendencia, pero se habían mostrado esquivos. Pero por fin habían atendido sus súplicas. Había quedado embarazada, la alegría había entrado en su hogar de manera definitiva.

Tras todas las penalidades y sufrimientos, por fin iban a ser felices. Juntos, a salvo, con el hijo que esperaban, en una tierra que les había hecho sentir como casa, en esa casa lejana que tuvieron que abandonar huyendo de una oscura sombra.

Y todo se había acabado ahora. Su vida, sus ilusiones, sus esperanzas... La sombra les había alcanzado.

Ya no la volvería a ver. Ya no volvería a despertarse con la fragancia de sus cabellos. Ya no volvería a sentir la suavidad de sus manos acariciando su piel. Ya no podría perderse en sus profundos ojos.

Ya no.

No hay comentarios: