lunes, septiembre 01, 2008

Hero (I)

Una punzada de dolor perforó el corazón de Aigonos. Su amada Parteia acaba de morir.

No había sido una muerte fortuita, pues las Moiras no dejan nada al azar. Átropos, la inflexible, había cortado el hilo de la vida de la persona que más quería en el mundo, y para ello había escogido la más cruel de las herramientas.

Parteia había muerto a manos de su más acérrimo enemigo, Teoarsis.
"Teoarsis", musitó para él mismo. Cuántos recuerdos le traía ese nombre, y cuántas desgracias había causado. Se habían conocido hacía mucho tiempo ya, tanto que casi no lo recordaba. Desde el primer momento la rivalidad entre ellos estuvo presente.

Aigonos había nacido de una familia humilde, en el Ática central. Sus padres, campesinos, no habían podido darle una buena educación. A cambio se crió en el bosque, donde pronto fue conocido por las dríades, náyades y demás ninfas por su gran belleza, que sólo rivalizaba con su bondad.

Teoarsis era hijo de un aristócrata ateniense, veterano de varias guerras contra los Persas, quien desde pequeño le instruyó en todas las artes de la guerra y del saber. Envidiado por todos, cultivó su cuerpo y su mente hasta extremos que nunca antes había alcanzado nadie.

Infausto es en verdad el Destino, que hace que las vidas de las grandes personas se crucen en la peor de las combinaciones.

Parteia, la bella Parteia, la de la piel fina y los ojos profundos, hubiera deseado no tener que escoger entre ellos, pero aquella Olimpiada marcaría profundamente su vida. Aquel año, la competición de pugilato estaba amparada por el propio Zeus, ya que ambos contendientes superaban con creces la imaginación de los espectadores.

Bien sabía ella que no le estaba permitido ver la competición; sin embargo, no había podido evitar colarse, disfrazada de hombre como tantas otras, para poder ver a aquellos semidioses de los que tanto oía hablar desde hacía días.

Pero, siendo como era la más atrevida de las atenienses, iba a llegar a más. Ella quería verlos antes del combate, así que se coló en las dependencias donde dormían los competidores. Allí pudo verlos durmiendo, relajados, en su último momento de paz antes del combate.

Salió tan silenciosamente como había entrado, guardando en su memoria la imagen de los dos héroes, y preguntándose, una vez más, quién sería el vencedor del duelo.

Finalmente, casi a medio día salieron los dos púgiles a la arena. El sol, abrasador, les cegaba, pero aun así sentían el rugir del público gritando sus nombres, apoyando a uno y a otro, volcando sus deseos y sus emociones en ellos, y haciendo que sintieran un escalofrío recorriendo su espalda.

El combate estaba a punto de comenzar. El silencio se había hecho en todo el estadio, la gente casi contenía la respiración para que nada turbara el ánimo de los luchadores.

Comenzó el intercambio de golpes, tan igualado como estaba previsto. Puñetazos, fintas, bloqueos, todo se sucedía de manera tan rápida que el ojo humano casi no era capaz de seguirlo.

Teoarsis no se lo podía creer. Cómo era posible que alguien le plantara cara a él, el mejor de Atenas, admirado por dioses y mortales, luchador invicto en más de mil combates y conocedor de la mejor técnica, enseñada por los más famosos maestros.

Para Aigonos, en cambio, el combate era la oportunidad de su vida. La alegría de luchar contra un rival capaz de hacerle frente era mayor aún que el dolor que le proporcionaban los golpes de su oponente. Su cara no podía dejar de esbozar una sonrisa de alegría, sonrisa que no le abandonaba a pesar del sufrimiento que su cuerpo experimentaba.

Sin embargo, el combate tenía que acabar. Dos hombres no pueden enfrentarse eternamente sin que los Dioses intervengan en favor de uno u otro. La esquiva Tyche quiso que Teoarsis resbalara, abriendo su guardia y casi cayendo al suelo. Teoarsis maldijo a los dioses en lo más profundo de su corazón y se preparó para recibir el golpe definitivo.

Su rival, consciente de lo que había pasado, no quiso aprovecharse de la mala fortuna de su oponente, y esperó a que se volviera a poner en posición. Esto ennegreció aún más el corazón del ateniense, que se sintió doblemente humillado: primero por los dioses, que le habían hecho vacilar en el momento cumbre del combate; y luego por ese vil campesino, que se consideraba tan superior a él que había desaprovechado la ayuda que los dioses le habían ofrecido.

Cegado por la ira, cogió un puñado de tierra del suelo y lo lanzó a los ojos de Aigonos, en uno de los actos más despreciables que se recordaban en la historia del pugilismo. Mientras éste se la intentaba quitar de los ojos, empezó a golpearle cruelmente, tirándolo al suelo, impasible ante los gritos de los jueces ordenándole que parara, dándole patadas en la cara para intentar desfigurársela.

Parteia no pudo soportar eso, y olvidándose de la prohibición, saltó corriendo a la arena, para intentar proteger el cuerpo desnudo e indefenso de Aigonos con el suyo propio. La mirada de desprecio con la que traspasó a Teoarsis fue lo único que logró hacerle salir de su furia.

Teoarsis quedó sentado en el suelo, ocultando su cara entre las rodillas, descalificado por los jueces y despreciado por el público, llorando víctima del hibris. Mientras, veía como la mujer a la que secretamente amaba se llevaba al vencedor a su casa para cuidarle.

Nadie, ni los jueces ni el público, osó decirle nada por su atrevimiento al haber accedido siendo mujer a un evento reservado a los hombres.

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