Aigonos sabía que era el culpable de la muerte de Parteia. Lo sabía su cabeza, y lo sentía dentro de su corazón. Era innegable que el asesino había sido Teoarsis, y sin embargo no podía dejar de reprocharse el no haberla protegido como se merecía.
Con la prosperidad se había vuelto un tanto complaciente, y había descuidado su seguridad, pensando que la distancia y el tiempo habrían hecho que el deseo de venganza y el odio se difuminaran en el olvido y que el rencor no podría durar eternamente.
Pero se equivocaba.
Su enemigo no había dejado de buscarles por un instante, y cuando la fama de las joyas que una ateniense hacía en Frigia llegó a sus oídos, no dejó de investigarlo. Pronto sus espías le confirmaron la identidad de la pareja, y se puso manos a la obra para llevar a cabo su venganza.
Contrató un grupo de mercenarios Tracios que se dirigieron de forma sigilosa a Ancyra, donde, haciéndose pasar por mercaderes interesados en la compra y venta de objetos de oro, no les costó mucho obtener la dirección de Parteia. A partir de ahí, la cosa fue fácil: espiarlos durante una semana, aprenderse sus horarios y sus rutinas para finalmente una noche caer sobre ellos como águilas cazando un conejo.
Los secuestradores los llevaron atados y a punta de espada hasta un bosque cercano donde les desnudaron y tiraron al suelo, quedando a los pies de Teoarsis, quien los miraba sin contener su risa:
—Miraos, qué patéticos estáis, sucios y desnudos, tendidos en el suelo a mis pies. Habéis intentado huir de mí, pero debéis saber que ningún mortal puede escapar a su destino... y los dioses han puesto el vuestro en mis manos— dijo Teoarsis con un tono de desprecio infinito.
A un gesto suyo los mercenarios levantaron a la pareja y los pusieron de frente a él, con las manos sujetas a la espalda, mientras les forzaban a levantar la cara para que pudiera recrearse en su gesto de dolor y vergüenza. Parteia, incapaz de mantener la mirada cruel de su captor, la intentaba desviar, recibiendo una bofetada cada vez que lo hacía.
—Sois unos gusanos, dignos sólo de ser pisados por los caballos. Pero, sin embargo, voy a mostrarme generoso con vosotros —añadió mirando fijamente a Aigonos—. Os voy a dar una oportunidad. Como recordarás, mi querido amigo, tú y yo tenemos una lucha que los dioses interrumpieron. Esa lucha la vamos a acabar hoy, y si sales vencedor, os dejaré ir a ambos, y me olvidaré de vosotros. Por el contrario, si venzo yo, verás cómo mato a tu amada, y tendrás que vivir con la culpa de saber que pudiste impedirlo, y no lo hiciste.
Con un chasquido de sus dedos ordenó que soltaran al cautivo, y los guerreros formaron un círculo en torno a los dos contendientes. El combate empezó reñido, como aquella vez hacía ya tantos años. Ambos se golpearon incansablemente, pero esta vez algo era diferente. El implacable Chronos hace pasar el tiempo, y los mortales no están libres de sus efectos.
Así, mientras Teoarsis se había mantenido entrenado en un régimen militar, su oponente se había debilitado con la vida sedentaria de agricultor, una vez olvidadas sus preocupaciones.
El ateniense no resbaló, y los dioses no quisieron intervenir. El resultado del combate aparecía cada vez más claro, porque Aigonos cada vez devolvía los golpes con menos intensidad, cada vez esquivaba un poco más tarde, y sus brazos empezaban a temblar.
Finalmente, ocurrió. Parteia vio como su amado caía, incapaz de resistir los golpes. Una vez vencido, fue golpeado en el suelo, hasta que perdió el conocimiento. Cuando despertó, seguía en el suelo y uno de los Tracios tenía puesto un pie sobre su cabeza, girada de medio lado, de tal modo que no podía evitar ver lo que estaba ocurriendo.
Su amada estaba desnuda, y aquél monstruo la estaba violando. Sus gritos desgarradores le estremecieron el alma, mientras tenía que soportar las burlas de Teoarsis:
—¿Ves, estúpido, lo que ha hecho tu debilidad? Mira como tu querida es utilizada por un hombre de verdad. Nunca debiste haber entrado en aquella lucha con quien es más que tú, y ahora tendrás que pagar el precio de tu osadía.
Finalmente, cuando se hubo saciado de ella, la tiró al suelo de un empujón, y se la quedó mirando. Ella sollozaba sin parar, la voz rota de tanto gritar y el alma partida en mil pedazos. Lentamente el ateniense se dirigió hacia sus hombres, que le ofrecieron una espada.
Pausadamente y sin dejar de mirar a su enemigo se la clavó en el vientre y fue cortándola, abriéndola, hasta llegar al cuello.
De un golpe dejaron inconsciente a Aigonos, que cuando despertó se encontró solo en el bosque.
El cadáver de Parteia estaba siendo pasto de los buitres, y él no tenía fuerzas para impedirlo.
Sólo le quedaba su culpa.
lunes, septiembre 08, 2008
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